Una de las cosas más bonitas que me ocurren al irme de viaje más de dos semanas es cuando empiezan a aparecer las ganas de volver. Da igual lo maravilloso que sea el destino, la de cosas increíbles que vea o haga, o la de gente fantástica que conozca.
Aproximadamente a las dos semanas de estar fuera de casa aparece esa lucecita que se enciende y empieza a recordarme todas las cosas que echo de menos, y por las que no querría quedarme para siempre en una playa de arena blanca.
Encender el fuego de mi cafetera italiana nada más despertar y esperar ese burbujeo inconfundible cuando empieza a salir.
Acariciarle la barriga a mi gato, que siempre está esperándome porque sabe cuándo voy a despertarq.
Recibir un WhatsApp inesperado con una propuesta para bajar a desayunar con mi madre.
Los domingos de levantarse tarde, ir a comprar verduras y pollo y cocinar un wok que terminamos comiendo a las cuatro de la tarde.
Las horas interminables en el sofá, con él al lado, cada uno haciendo lo suyo, pero juntos bajo la misma manta.
Las películas raras que veo con mi hermano por las noches mientras nos hacemos masajes en los pies, y que, con suerte, si no me he dormido, comentamos después hasta que nos dan las tantas de la madrugada.
Los largos paseos semanales hasta la playa con la excusa de pasear a Miño, pero con la verdadera intención de pasar dos horas charlando de la vida.
Echar de menos me hace extremadamente feliz.
Os explico. Hubo un momento en mi vida en el que viajaba sabiendo que estaba huyendo de algo. Huyendo de un vacío. De lo que quería tener y no conseguía. Entonces no existía este echar de menos, porque poco valoraba lo que tenía como para echarlo en falta.
Quizá la diferencia es que ahora no viajo para escapar, sino para regresar distinta.