Nunca había estado tanto tiempo practicando en una misma escuela de yoga. Normalmente soy de esas personas que llegan, hacen su práctica y se va. No suelo hablar con los demás, me cuesta saber qué decir a gente que no conozco.
Pero después de más de un año viendo a la misma gente, una empieza a compartir.
En los últimos meses, y sobre todo las últimas semanas, me he encontrado preguntando y abriéndome a esas caras con las que tantas veces he compartido Guerreros y Chaturangas. Y, como no podía ser de otra forma, ellas se han abierto a mí también.
No es casualidad que muchos de los que llegamos al yoga no estemos buscando solo una forma de mantenernos en forma y flexibles. De alguna forma el yoga llega a nuestras vidas para ayudarnos en procesos más complicados, y nos acerca a personas que también están en ese camino.
A lo largo de estos meses he conocido historias de búsqueda, de crisis de valores, de enfermedades, de romper con todo sin saber muy bien desde dónde se va a empezar a construir otra vez.
Sé que estoy en el sitio correcto cada vez que siento que somos muchos los que necesitamos algo más. Sé que estoy en el sitio correcto cada vez que siento que puedo ser yo. O lo que crea en este momento que soy yo.
Y me siento infinitamente agradecida de que estos lugares existan, porque en un mundo cada vez más individual, la respuesta está en la comunidad.