Hay proyectos que no mueren porque fracasan, mueren porque nunca llegan a nacer. Al menos no del todo.
Piedra Viva, mi proyecto de hogar y comunidad, no salió adelante. Encontré una casa perfecta, un espacio grande con un jardín maravilloso y una energía que pocos entenderían. En pocos días proyecté en ese espacio el proyecto al que tanto tiempo llevaba dándole vueltas en mi cabeza: Un hogar para compartir con mi pareja, mi hermano, y todo aquel que entendiera que vivir rodeado de otras personas que sumen es la clave para avanzar.
Pero la casa que imaginé tuvo otro destino, y el castillo de naipes se cayó de un soplo: otras personas se adelantaron con la compra.
Y después de que se fue la posibilidad, me quedé con un silencio extraño adentro.
No dolor punzante, ni rabia, ni gran catástrofe, sino un vacío sordo, como cuando un eco tarda más de lo esperado en desaparecer.
No es solo perder un lugar.
Es perder la idea de ese lugar: la conversación que aún no había tenido, la forma que aún no había tomado, las manos que aún no habían tocado la piedra.
Estos días camino y me descubro de nuevo como una brújula sin norte.
Y ahora me pregunto cómo se hace para seguir mirando desde adentro cuando lo que mirabas hacia afuera se ha desvanecido.
Cómo se hace para sostener eso que aún late y que ya no tiene casa.
Pienso que quizá no se trata de recuperar un proyecto, sino de recuperar el acto de imaginar.
La ilusión no estaba en la casa. Estaba en la manera en que yo quería habitarla: con atención, con cuerpo, con tiempo.
Y eso, la forma en que fuimos capaces de imaginar, no se pierde porque una casa cambie de dueño. Se transforma. Y queda como una pregunta abierta: ¿Qué sigue cuando un sueño se disuelve antes de ser vivido?
No lo sé todavía. Pero aquí estoy para seguir haciéndome la pregunta.
Aquí no hay conclusiones, solo preguntas vivas.
Si te apetece recibirlas, puedes suscribirte gratis.