Sobre la hipocresía

Hace poco, viajando por Filipinas, conocí a una chica que parecía adorar los animales. Estuvimos alrededor de tres horas juntas, y en varias ocasiones sacó el discurso de cómo los filipinos podían descuidar tanto a los animales, tener gallos atados a postes y perros sarnosos y mal alimentados por todas partes.

Reconozco que con la insistencia del discurso me sentí un poco culpable al no sentirme tan afectada como ella. Por supuesto que opino igual, pero después de viajar bastante por Asia y África, creo que he normalizado niveles de pobreza, suciedad y descuido que dejarían pasmado a la mayoría.

Pero este no es tema. Resulta que varios días después veo por redes que está chica ha ido a bucear con tiburones ballena a una isla bien conocida por maltratar a estos animales para atraer el turismo. Los mal alimentan para mantenerlos cerca de la costa, provocándoles serios problemas de salud y evitando los procesos migratorios naturales, entre otras cosas. Pero es una excursión fácil de un día y a un precio irrisorio.

Pues allí estaba ella, con sus selfies balleniles y su discurso animalista más empapado que ella. Porque la alternativa de pasar un día de trayecto para ir a una isla remota donde, con mucha suerte, los verás en libertad, no casa con el postureo.

Y escribo esto de camino a esa isla remota, pasando por un ferry de cuatro horas, una furgoneta de otras cuatro, y un último tuktuk que me acerque a uno de los tres alojamientos que hay en la zona.

Y, si (me) recalco esto no es por darme una palmadita en la espalda de cara a quien pueda leerme. Si escribo esto es por esa culpabilidad que sentí al no apiadarme tanto de los perros callejeros como aparentemente lo hacía ella. Si escribo esto es porque es muy difícil mantener una moral y una ética intachables.

No se puede estar concienciado por todo ni martirizarse por no poder salvar al mundo.

Así que supongo que la pregunta es otra: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para ser coherentes?

Aquí no hay conclusiones, solo preguntas vivas. Si te apetece recibirlas, puedes suscribirte gratis.

Este texto fue publicado originalmente en mi Substack.