Sobre las etiquetas y la aceptación

Mi primera psicóloga me trató recién cumplidos los 16, por un TCA como una copa de un pino y una familia totalmente disfuncional detrás.

Dieciocho años después, siete u ocho terapeutas, algunos psiquiatras, nutricionistas, digestivos, astrólogos, sanadores holísticos y un montón de terapias alternativas de todo tipo, sigo en la búsqueda de qué está mal en mí.

¡Gracias por leer El Substack de Eva! Suscríbete gratis para recibir nuevos posts y apoyar mi trabajo.

Durante todos estos años me he querido poner etiquetas que me ayudasen a entenderme. Sabía que estaba tururú de la cabeza, pero quería que por lo menos aquello tuviera un nombre y saber a qué atenerme.

TCA, TLP, TDAH, TEPT, TAG… Un alfabeto entero para demostrar(me) que si soy como soy, no es mi culpa.

Y resulta que ahora llego a una psicóloga nueva que me habla de altas capacidades, y que si nadie me lo ha dicho nunca. Y yo, que soy adicta a los podcast y a consumir contenido de YouTube con tal de no escuchar a mi cabeza, me pongo a investigar.

De repente siento que muchas personas ponen palabras a todo lo que llevo sintiendo desde que tengo uso de razón. Gente que se cuestiona por qué existimos, que siente que todo es enormemente triste pero de que repente sienten una euforia inexplicable con una canción que acaban de escuchar.

Personas que sienten que no encuentran su propósito en la vida porque todo les apasiona y les aburre a partes iguales. Que no encajan en las estructuras del sistema porque están hechas como el ojete, y por mucho que quieran no consiguen aceptar las normas que no entienden. Gente a la que tampoco le cabe en la cabeza cómo la mayoría no se aburre de tomar cervezas en un bar sin hablar más que de hipotecas, jefes idiotas, lo caro que está todo y dónde han abierto un nuevo sitio de ramen en el centro.

Una lista interminable de sentencias que por fin me hacen pensar que no soy un bicho raro y que, sea por la razón que sea, hay más gente que se siente igual que yo. Y que, a lo mejor, no estoy rota.

De momento esta reflexión queda en stand-by. Sin ningún test ni evaluación que diga si realmente esto es verdad o no, lo único que sé por el momento es que siento alivio. Y, aunque sea igual de inteligente (o poco inteligente) que ayer, estos días he empezado a pensar que realmente puedo hacer cosas. Que valgo. Que tengo la capacidad. Que soy suficiente. Que tengo que creer en mí. Y esto no tiene que ver con la etiqueta, sino con la aceptación.

Gracias por leer. Aquí no hay conclusiones, solo preguntas vivas. Si te apetece recibirlas, puedes suscribirte gratis.

Este texto fue publicado originalmente en mi Substack.