Sobre aguantar o dimitir

Ayer dimití, otra vez. Esta vez solo duré tres meses.

Una parte de mí se fustiga por no ser capaz de aguantar, como “todo el mundo”. Al final, el trabajo es trabajo. Y este no estaba tan mal: cobraba bien por hacer básicamente lo que quería y cuando quería. Y probablemente ese sea uno de los problemas.

Cuando no hay una motivación clara, un sentido del para qué, el juego pierde la gracia. Poco a poco, cada día me cuesta más levantarme y ponerme a ello. Las reuniones empiezan a sentirse pesadas, largas, muy largas.

Poco a poco la bola de nieve va creciendo. Encender el ordenador y abrir el último archivo tensa los músculos de mi espalda, me agarrota y siento cómo la rabia y la impotencia se apoderan de mi cuerpo y mi cabeza.

Y, como dijo Einstein, “la mente que se abre a una nueva idea nunca vuelve a su tamaño original”. De alguna forma, esa semilla de no querer estar aquí ya ha sido plantada, y como mala hierba, no sé cómo erradicarla.

Intento no escuchar a la voz que me dice que renuncie, que puedo aguantar más y que en el fondo me viene bien ese dinero para hacer todo lo que quiero. Pero es superior a mí. No sé cómo acallar esa voz. Empiezo a sentir que algo está a punto de estallar y que no sé cómo controlarlo.

Ayer, de camino a reunirme con mi jefe, me sentía apagada, con la sensación de que nada merecía la pena. De no saber cómo cambiar esa apatía que empezaba a convertirse en odio al proyecto.

Un día mi cabeza hace clic, y ya no sé cómo recuperar la motivación. Mi cuerpo sigue allí, pero mi mente ha saltado a otra cosa.

Una hora después de empezar la reunión, le digo a mi jefe que necesito irme, que algo no está bien y que no quiero seguir con el proyecto. Le explico que no es culpa suya, pero que para mí es importante sentir motivación y coherencia con lo que estoy haciendo, y que su proyecto ha dejado de tenerlo para mí.

Y así, otra vez, vuelvo a ser dueña de mi tiempo y de mis días, a gestionar mi energía y a permitirme enfocarme en lo que de verdad quiero hacer, aunque ahora mismo no tenga ni idea.

La otra parte (porque quedaba otra parte), me da las gracias por seguir escuchándome y tomando esas decisiones que, aunque asusten, me llevan a sitios más grandes.

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Este texto fue publicado originalmente en mi Substack.