Hace una semana que llegué a España después de mes y medio entre Filipinas e India. No quería volver. Por supuesto echaba de menos a mi pareja, a mi hermano y a algunos amigos que se cuentan con los dedos de una mano. Pero no echaba de menos quién soy, o quién creo que tengo que ser, aquí.
Me encantaba no sentir que tenía una lista pendiente de cosas que hacer. Cosas que ni siquiera existen, que solo aparecen cuando vuelvo a un entorno en el que todo el mundo parece estar metido en la misma rueda. Allí mi vida es una burbuja, y lo sé. Mi día lo organizo sin presión, atenta a lo que me hace bien en cada momento. Las obligaciones estúpidas no existen, y la vida sigue igual.
Al volver no he tardado en sentir que ya no llegaba. Que había personas esperando cosas de mí y que no podía fallarles. Y daba igual cómo estuviera yo, porque llevaban esperando mes y medio. Vuelvo a tener ansiedad, y no sé muy bien qué hacer con ella aquí. Me noto enfadada con el mundo, otra vez a la defensiva, y con una necesidad constante de aislarme. No quiero contestar mensajes, quiero estar sola en casa, y no quiero enfrentarme a toda esa lista de cosas-que-hacer que yo misma me hice el primer día.
Por supuesto, nadie me está pidiendo nada fuera de lo normal. Está todo en mi cabeza. Pero es un patrón que reconozco. Me pasa cada vez que vuelvo. Y con el tiempo, casi sin darme cuenta, aparece otra vez la idea de irme. Como si marcharme fuese la única forma de volver a encontrar esa versión de mí que se permite ir más despacio, que no siente que siempre llega tarde a algo.
Y entonces me quedo con la duda. Si esa forma de vivir desaparece, o si soy yo la que deja de elegirla.