No sé si será mi algoritmo, pero cada vez me aparecen más cuentas en redes sociales de personas que tocaron fondo, dejaron de verle el sentido a sus vidas y rompieron con todo para reinventarse. Ahora todo su esfuerzo, o gran parte de él, está dedicado a crear contenido para ayudar a otros a pasar por el mismo proceso.
La base de todo esto me parece maravillosa: cada vez más personas despertando y entendiendo que hay otro mundo ahí fuera, que no hay que conformarse con seguir el camino marcado y que hay cientos de formas de vivir la vida.
El problema, para mí, es que cada vez encuentro más de lo mismo. El discurso se repite. Empieza a sonar como un disco rallado, un refrito de las mismas frases hechas. Supongo que tiene que ver con que muchos procesos personales comparten sensaciones y fases parecidas, pero a mí este tipo de contenido me hace desconectar.
Quiero leer a personas que vuelvan a sonarme cercanas. Personas que se hayan dado cuenta de que no quieren lo que tenían, pero que todavía no saben hacia dónde ir. Quiero encontrar reflexiones de días de mierda, de esos en los que todo vuelve a dejar de tener sentido —otra vez—. Quiero sentir que no estoy sola en esto, y no sentirme mal por seguir aquí.
Me gusta este espacio que he creado. Estas entradas que no tienen ningún propósito más allá de sacar afuera, y medianamente en orden, palabras que todavía no tienen sentido ni respuesta cuando las digo en voz alta.
Este no es un blog sobre cómo sanar a tu niña interior, ni sobre cómo el yoga salvó mi vida. Estos textos solo pretenden servirme de desahogo en los días en los que siento que no salgo del bucle y que mis propios pensamientos se me quedan grandes.
No necesito que alguien me diga cómo salir. A veces solo necesito saber que no soy la única que sigue dentro.