Mi hermano y yo decidimos, él hace más y yo hace no tanto, dejar de trabajar de 9 a 5 con el único objetivo de tener una nómina a final de mes. Esto hace que nuestros días no tengan una estructura clara, ni una rutina. Cada día nos despertamos, desayunamos, y pensamos qué queremos hacer después.
Esto, que puede parecer maravilloso, también tiene su intríngulis, pero ese es otro tema al que volveré en otro momento.
El caso es que de vez en cuando nos escribimos por las mañanas para darnos los buenos días y, automáticamente, nos preguntamos el uno al otro qué vamos a hacer hoy. Estamos tan bien adiestrados que, aunque hemos querido salir de la rueda del hacer y del ser productivo, no dejamos de caer en esas preguntas tímidas que nos hacen volver a caer en el pensamiento de que tenemos que hacer algo.
Así, nos vemos obligándonos el uno al otro a justificarnos ante la terrible idea de perder nuestro día sin haber hecho nada, si es que acaso pudiera hacerse nada. Estamos bien enseñaditos.
Hoy, ante mi pregunta habitual, él me respondió: “me lo acabo de plantear ahora que me lo has preguntado”. Y me ha hecho reflexionar sobre que, sin quererlo, le he obligado a pensar que él también tenía que hacer algo. Porque yo, con todo este discurso, todavía no sé cómo se hace eso de no hacer nada y no sentirme culpable.