Sobre quién fui y quién sigo siendo
Hoy fui a ver la segunda parte de El diablo se viste de Prada. Cuando se lo dije a una amiga, su respuesta fue: “¡anda, no te pega nada!”. Y yo me quedé reflexionando.
Conozco a esta chica desde hace un año y, aunque la confianza se ha hecho enorme en muy poco tiempo y compartimos muchas formas de pensar y de sentir, no sabemos quién era la otra antes de conocernos.
Quién era la otra. Como si no fuésemos la misma persona. Como si no tuviéramos mil personitas dentro de nosotros mismos.
Mucha gente, hablando de su pasado, dice: “yo ya no soy esa persona, he cambiado mucho”. Y por supuesto que todos cambiamos, que nadie es igual que ayer ni será igual que mañana. Pero cada vez reflexiono más sobre si es posible desprendernos del todo de quienes fuimos: de lo que nos gustaba, de lo que hacíamos, de lo que opinábamos.
Yo siento que los años me han descubierto nuevas personitas dentro de mí, pero que, lejos de reemplazar a las otras, ahora coexisten en un mar de personalidades, gustos e inquietudes cada vez más amplio.
Durante mucho tiempo, y aún hoy me cuesta no sentirme mal por ello, he pensado que tenía que elegir una etiqueta, un rol, un papel al que ceñirme y con el que identificarme.
Viendo la película he revivido cuál fue mi papel durante seis o siete años: cuando me dedicaba al diseño de calzado, cuando viajaba por trabajo a Milán, París, Londres o Ámsterdam, visitaba ferias, me reunía con proveedores, dormía en hoteles con elección de almohada y comía en restaurantes que yo no pagaría nunca.
Esa personita disfrutaba de esa vida. Le encantaba sentir que era parte de ese mundo, que era alguien, que tenían en cuenta su opinión y sus decisiones dentro del mundo de la moda que tanto había idealizado cuando tenía 15 años y soñaba con las vidas de los personajes de Gossip Girl y Sex and the City.
Poco a poco entré en conflicto con ese mundo. Empezó a chirriarme la superficialidad, la exigencia de un trabajo regido por los números y la facturación, la necesidad de copiar al de al lado por encima de la creatividad, de intentar hacer algo nuevo. Y poco a poco perdí las ganas y la motivación, hasta que lo dejé.
Y hoy, dos años después de firmar la carta de dimisión y habiendo cambiado por completo mi forma de pensar, de vestir, mis ideales y el foco de lo que me mueve, me encuentro conteniendo una lagrimilla al ver otra vez la vida de la alta costura en Nueva York, las pasarelas en Milán, los vestidos imposibles y los tacones de doce centímetros.
Y reflexiono sobre por qué, si había decidido conscientemente que ya no era esa persona, de repente me da un sopapo la nostalgia y me hace revivir una etapa que pensaba que había cerrado.
¿Será que no todos estamos hechos para avanzar cerrando y abriendo capítulos nuevos, como si fuéramos libros independientes?
O quizá simplemente no sabemos qué hacer con todo lo que no desaparece.