Sobre lo que ya no me suena real

No sé si será mi algoritmo, pero cada vez me aparecen más cuentas en redes sociales de personas que tocaron fondo, dejaron de verle el sentido a sus vidas y rompieron con todo para reinventarse. Ahora todo su esfuerzo, o gran parte de él, está dedicado a crear contenido para ayudar a otros a pasar por el mismo proceso.

La base de todo esto me parece maravillosa: cada vez más personas despertando y entendiendo que hay otro mundo ahí fuera, que no hay que conformarse con seguir el camino marcado y que hay cientos de formas de vivir la vida.

El problema, para mí, es que cada vez encuentro más de lo mismo. El discurso se repite. Empieza a sonar como un disco rallado, un refrito de las mismas frases hechas. Supongo que tiene que ver con que muchos procesos personales comparten sensaciones y fases parecidas, pero a mí este tipo de contenido me hace desconectar.

Quiero leer a personas que vuelvan a sonarme cercanas. Personas que se hayan dado cuenta de que no quieren lo que tenían, pero que todavía no saben hacia dónde ir. Quiero encontrar reflexiones de días de mierda, de esos en los que todo vuelve a dejar de tener sentido —otra vez—. Quiero sentir que no estoy sola en esto, y no sentirme mal por seguir aquí.

Me gusta este espacio que he creado. Estas entradas que no tienen ningún propósito más allá de sacar afuera, y medianamente en orden, palabras que todavía no tienen sentido ni respuesta cuando las digo en voz alta.

Este no es un blog sobre cómo sanar a tu niña interior, ni sobre cómo el yoga salvó mi vida. Estos textos solo pretenden servirme de desahogo en los días en los que siento que no salgo del bucle y que mis propios pensamientos se me quedan grandes.

No necesito que alguien me diga cómo salir. A veces solo necesito saber que no soy la única que sigue dentro.

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Sobre volver a la rueda

Hace una semana que llegué a España después de mes y medio entre Filipinas e India. No quería volver. Por supuesto echaba de menos a mi pareja, a mi hermano y a algunos amigos que se cuentan con los dedos de una mano. Pero no echaba de menos quién soy, o quién creo que tengo que ser, aquí.

Me encantaba no sentir que tenía una lista pendiente de cosas que hacer. Cosas que ni siquiera existen, que solo aparecen cuando vuelvo a un entorno en el que todo el mundo parece estar metido en la misma rueda. Allí mi vida es una burbuja, y lo sé. Mi día lo organizo sin presión, atenta a lo que me hace bien en cada momento. Las obligaciones estúpidas no existen, y la vida sigue igual.

Al volver no he tardado en sentir que ya no llegaba. Que había personas esperando cosas de mí y que no podía fallarles. Y daba igual cómo estuviera yo, porque llevaban esperando mes y medio. Vuelvo a tener ansiedad, y no sé muy bien qué hacer con ella aquí. Me noto enfadada con el mundo, otra vez a la defensiva, y con una necesidad constante de aislarme. No quiero contestar mensajes, quiero estar sola en casa, y no quiero enfrentarme a toda esa lista de cosas-que-hacer que yo misma me hice el primer día.

Por supuesto, nadie me está pidiendo nada fuera de lo normal. Está todo en mi cabeza. Pero es un patrón que reconozco. Me pasa cada vez que vuelvo. Y con el tiempo, casi sin darme cuenta, aparece otra vez la idea de irme. Como si marcharme fuese la única forma de volver a encontrar esa versión de mí que se permite ir más despacio, que no siente que siempre llega tarde a algo.

Y entonces me quedo con la duda. Si esa forma de vivir desaparece, o si soy yo la que deja de elegirla.

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Sobre playas blancas y el wok de los domingos

Una de las cosas más bonitas que me ocurren al irme de viaje más de dos semanas es cuando empiezan a aparecer las ganas de volver. Da igual lo maravilloso que sea el destino, la de cosas increíbles que vea o haga, o la de gente fantástica que conozca.

Aproximadamente a las dos semanas de estar fuera de casa aparece esa lucecita que se enciende y empieza a recordarme todas las cosas que echo de menos, y por las que no querría quedarme para siempre en una playa de arena blanca.

Encender el fuego de mi cafetera italiana nada más despertar y esperar ese burbujeo inconfundible cuando empieza a salir.

Acariciarle la barriga a mi gato, que siempre está esperándome porque sabe cuándo voy a despertarq.

Recibir un WhatsApp inesperado con una propuesta para bajar a desayunar con mi madre.

Los domingos de levantarse tarde, ir a comprar verduras y pollo y cocinar un wok que terminamos comiendo a las cuatro de la tarde.

Las horas interminables en el sofá, con él al lado, cada uno haciendo lo suyo, pero juntos bajo la misma manta.

Las películas raras que veo con mi hermano por las noches mientras nos hacemos masajes en los pies, y que, con suerte, si no me he dormido, comentamos después hasta que nos dan las tantas de la madrugada.

Los largos paseos semanales hasta la playa con la excusa de pasear a Miño, pero con la verdadera intención de pasar dos horas charlando de la vida.

Echar de menos me hace extremadamente feliz.

Os explico. Hubo un momento en mi vida en el que viajaba sabiendo que estaba huyendo de algo. Huyendo de un vacío. De lo que quería tener y no conseguía. Entonces no existía este echar de menos, porque poco valoraba lo que tenía como para echarlo en falta.

Quizá la diferencia es que ahora no viajo para escapar, sino para regresar distinta.

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Sobre la hipocresía

Hace poco, viajando por Filipinas, conocí a una chica que parecía adorar los animales. Estuvimos alrededor de tres horas juntas, y en varias ocasiones sacó el discurso de cómo los filipinos podían descuidar tanto a los animales, tener gallos atados a postes y perros sarnosos y mal alimentados por todas partes.

Reconozco que con la insistencia del discurso me sentí un poco culpable al no sentirme tan afectada como ella. Por supuesto que opino igual, pero después de viajar bastante por Asia y África, creo que he normalizado niveles de pobreza, suciedad y descuido que dejarían pasmado a la mayoría.

Pero este no es tema. Resulta que varios días después veo por redes que está chica ha ido a bucear con tiburones ballena a una isla bien conocida por maltratar a estos animales para atraer el turismo. Los mal alimentan para mantenerlos cerca de la costa, provocándoles serios problemas de salud y evitando los procesos migratorios naturales, entre otras cosas. Pero es una excursión fácil de un día y a un precio irrisorio.

Pues allí estaba ella, con sus selfies balleniles y su discurso animalista más empapado que ella. Porque la alternativa de pasar un día de trayecto para ir a una isla remota donde, con mucha suerte, los verás en libertad, no casa con el postureo.

Y escribo esto de camino a esa isla remota, pasando por un ferry de cuatro horas, una furgoneta de otras cuatro, y un último tuktuk que me acerque a uno de los tres alojamientos que hay en la zona.

Y, si (me) recalco esto no es por darme una palmadita en la espalda de cara a quien pueda leerme. Si escribo esto es por esa culpabilidad que sentí al no apiadarme tanto de los perros callejeros como aparentemente lo hacía ella. Si escribo esto es porque es muy difícil mantener una moral y una ética intachables.

No se puede estar concienciado por todo ni martirizarse por no poder salvar al mundo.

Así que supongo que la pregunta es otra: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para ser coherentes?

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Sobre por qué seguiré viajando

¿Qué por qué adoro viajar? Os voy a contar mi día.

He madrugado a las 7 para desayunar antes de recoger una scooter alquilada para hacer una ruta a una montaña. Una hora y cuarenta minutos de carretera, rodeada de miles de árboles, palmas y palmeras, todo verde, todo vivo.

A la vuelta, de camino al hostel había unas cascadas, así que cambio el itinerario y cojo otra carretera improvisada.

De repente la carretera se corta y aparece una pendiente de piedras y tierra que hace patinar la moto. Tiemblo. Recuerdo que viajo sin seguro y tiemblo aún más.

Me paro, y me adelantan dos motos. Una chica en una y un chico en otra. La chica patina y se cae de la moto a 50 metros de mí. Intenta levantar la moto pero se cae para el otro lado. El chico, que no iba con ella, se para y la ayuda. Él deja su moto, coge la de ella y termina de bajar la cuesta. Luego vuelve a por la suya.

Yo observo la escena con cara de pánico, porque darme la vuelta tampoco lo veo claro.

Le grito al chico y le pregunto si todo el camino es así a partir de ahora, ya que desaparece detrás de una curva y no alcanzó a ver más. Dice que no, que solo 100 metros, y luego todo normal. Coge su moto y se va.

Me quedo inmóvil, pensando qué hacer. ¿Bajo? ¿Vuelvo? No sé qué es lo más sensato.

Mientras reflexiono, veo que vuelve a subir la cuesta andando. Viene a ayudarme. LA VIDA.

Le doy mil veces las gracias y le pregunto por la chica, dice que está bien. Y me baja la moto mientras le sigo andando y sin dejar de darle las gracias.

Abajo, vuelvo a subir en mi scooter y sigo el camino. A los cinco minutos, llego a un mirador con vistas increíbles, y veo a la chica parada. Paro yo también y le pregunto.

Es de Suiza, viaja sola como yo y está preocupada por que le harán pagar los daños de la moto, aunque a ella no le ha pasado nada. También da las gracias por estar bien, pero la entiendo.

Nos quedamos hablando un rato. Ha hecho exactamente la misma ruta que yo, y también había cambiado el camino de vuelta al ver que habían unas cascadas cerca del camino. Qué maravillosa es la vida.

Seguimos juntas la ruta hasta la cascada. Bajamos toooodo es camino resbaloso y encontramos el tesoro.

A mitad del baño empieza a diluviar y nos mojamos enteras. Enteritas y chopadas. Total, un poco más de agua no se nota, es parte del camino.

Volvemos a subir y conducimos siguiéndonos otra media hora hasta la zona donde están nuestros hostels.

Al llegar nos despedimos. Tristemente yo me voy mañana a otra isla. Pero qué cosas tan increíbles te pone la vida en el camino cuando estás atento.

Por días así, todo vuelve a tener sentido.

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Sobre qué hacer con tu vida

¿Es viajar lo mismo que estar de vacaciones?

Para mí es muy diferente.

He venido a Filipinas buscando calma y paz mental para enfocarme en qué quiero hacer realmente.

Desde que dejé el trabajo como diseñadora de calzado y me quité esa etiqueta, he sentido que tenía que buscar otra rápidamente. Si no, ¿quién soy a partir de ahora?

Me gustan taaaaantas cosas. Probaría todo. Trabajaría cada mes en una cosa diferente.

Podría darle fuerte a las clases de yoga. Seguir formándome en PNL y Arteterapia. Apostar por hacer mi marca de cosas hechas a mano.

O cambiar y seguir por el mundo del diseño. Aprender de IA y especializarme en otro sector diferente al calzado.

Podría retomar la cerámica, que tantas horas de estado de flow me ha dado.

O atreverme a montar grupos para viajar en comunidad y de forma consciente para todo aquel que quiera y no se atreva (esto me está tirando bastante).

En fin. No sé si os pasa también, pero hay tantas ideas en mi cabeza que necesitaba quitar el ruido mental para poder aclararme.

Y aquí estoy. En unas cascadas increíbles de Siquijor, escribiendo esto y sin haber abierto aún, después de una semana, ninguno de los cursos que me había prometido terminar.

No voy a negar que no estoy sufriendo, pero la cabeza no me deja tranquila. La culpabilidad está instalada en alguna parte de mí, y parece que se ha puesto cómoda y se ha hecho un café.

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Sobre el eco de un proyecto que no fue

Hay proyectos que no mueren porque fracasan, mueren porque nunca llegan a nacer. Al menos no del todo.

Piedra Viva, mi proyecto de hogar y comunidad, no salió adelante. Encontré una casa perfecta, un espacio grande con un jardín maravilloso y una energía que pocos entenderían. En pocos días proyecté en ese espacio el proyecto al que tanto tiempo llevaba dándole vueltas en mi cabeza: Un hogar para compartir con mi pareja, mi hermano, y todo aquel que entendiera que vivir rodeado de otras personas que sumen es la clave para avanzar.

Pero la casa que imaginé tuvo otro destino, y el castillo de naipes se cayó de un soplo: otras personas se adelantaron con la compra.

Y después de que se fue la posibilidad, me quedé con un silencio extraño adentro.

No dolor punzante, ni rabia, ni gran catástrofe, sino un vacío sordo, como cuando un eco tarda más de lo esperado en desaparecer.

No es solo perder un lugar.

Es perder la idea de ese lugar: la conversación que aún no había tenido, la forma que aún no había tomado, las manos que aún no habían tocado la piedra.

Estos días camino y me descubro de nuevo como una brújula sin norte.

Y ahora me pregunto cómo se hace para seguir mirando desde adentro cuando lo que mirabas hacia afuera se ha desvanecido.

Cómo se hace para sostener eso que aún late y que ya no tiene casa.

Pienso que quizá no se trata de recuperar un proyecto, sino de recuperar el acto de imaginar.

La ilusión no estaba en la casa. Estaba en la manera en que yo quería habitarla: con atención, con cuerpo, con tiempo.

Y eso, la forma en que fuimos capaces de imaginar, no se pierde porque una casa cambie de dueño. Se transforma. Y queda como una pregunta abierta: ¿Qué sigue cuando un sueño se disuelve antes de ser vivido?

No lo sé todavía. Pero aquí estoy para seguir haciéndome la pregunta.

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Sobre ser uno mismo

Hoy termina mi primer mes como profesora dando clases de yoga aéreo. En un solo mes he pasado por muchas fases: puro nervio y taquicardias, incertidumbre, síndrome de la impostora, preocupación, disfrute, autoconfianza, felicidad y conexión.

Al despedirme de la dueña de uno de los sitios donde doy las clases, me ha comentado que no puedo decir ciertas cosas en clase porque no es profesional. Al parecer, tres de sus alumnas, entre ellas su madre y una amiga de su madre, habían salido comentando que no iba a seguir dando clase los próximos meses porque me iba a una comuna hippie.

Lo cierto es que sí que lo dije en clase, con tono de humor y con toda la transparencia del mundo. Y el caso es que ni siquiera es tan verdad, uso ese tono de humor para referirme a un voluntariado en una comunidad autogestionada y que se dedican a hacer retiros y talleres conscientes, pero eso me parece muy largo y ambiguo de explicar.

Probablemente ni siquiera debería dar explicaciones de dónde me voy ni a qué, pero tampoco siento ninguna necesidad de ocultar nada que genuinamente me salga compartir.

Mis reflexiones aquí son varias: ¿Qué es ser profesional? ¿Hasta qué punto una, como profesora o figura de autoridad en cualquier ámbito debería o no compartir cosas personales? Si una característica de mis clases y de yo como profesora es esa cercanía y transparencia en clase, ¿debería cambiarla y obligarme a contenerme para mostrar lo que los demás esperan de mí?

Entiendo que la reprimenda desde la otra parte viene por la creencia de que la reputación de su centro se puede ver afectada por el tipo de personal que trabaja para ella. Y probablemente ella no quiera que la relacionen con hippies.

Y yo, como persona y como profesional, ¿no debería luchar por mantener mi autenticidad y creer en quien soy, cómo soy y cómo me muestro si estoy a gusto con eso? ¿Debería dejar que alguien me diga cuál es la forma correcta de hacer las cosas, aunque eso suponga tapar parte de lo que soy?

A lo mejor mi veredicto cambia con el tiempo, pero en este momento siento que, después de muchos años de tapar quién soy y cómo soy por miedo al rechazo ajeno, estaría tirándome piedras en mi propio tejado si siguiera permitiendo que alguien externo me diga cómo tengo que mostrarme.

Y si eso supone que esa persona no quiera seguir trabajando conmigo, ¿hasta qué punto lo tengo que vivir como un rechazo? ¿No debería ser yo la que no quisiera trabajar en un sitio donde no me permitan ser quien soy?

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Sobre el “no hacer nada”

Mi hermano y yo decidimos, él hace más y yo hace no tanto, dejar de trabajar de 9 a 5 con el único objetivo de tener una nómina a final de mes. Esto hace que nuestros días no tengan una estructura clara, ni una rutina. Cada día nos despertamos, desayunamos, y pensamos qué queremos hacer después.

Esto, que puede parecer maravilloso, también tiene su intríngulis, pero ese es otro tema al que volveré en otro momento.

El caso es que de vez en cuando nos escribimos por las mañanas para darnos los buenos días y, automáticamente, nos preguntamos el uno al otro qué vamos a hacer hoy. Estamos tan bien adiestrados que, aunque hemos querido salir de la rueda del hacer y del ser productivo, no dejamos de caer en esas preguntas tímidas que nos hacen volver a caer en el pensamiento de que tenemos que hacer algo.

Así, nos vemos obligándonos el uno al otro a justificarnos ante la terrible idea de perder nuestro día sin haber hecho nada, si es que acaso pudiera hacerse nada. Estamos bien enseñaditos.

Hoy, ante mi pregunta habitual, él me respondió: “me lo acabo de plantear ahora que me lo has preguntado”. Y me ha hecho reflexionar sobre que, sin quererlo, le he obligado a pensar que él también tenía que hacer algo. Porque yo, con todo este discurso, todavía no sé cómo se hace eso de no hacer nada y no sentirme culpable.

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Sobre lo que mi escuela de yoga me enseñó

Nunca había estado tanto tiempo practicando en una misma escuela de yoga. Normalmente soy de esas personas que llegan, hacen su práctica y se va. No suelo hablar con los demás, me cuesta saber qué decir a gente que no conozco.

Pero después de más de un año viendo a la misma gente, una empieza a compartir.

En los últimos meses, y sobre todo las últimas semanas, me he encontrado preguntando y abriéndome a esas caras con las que tantas veces he compartido Guerreros y Chaturangas. Y, como no podía ser de otra forma, ellas se han abierto a mí también.

No es casualidad que muchos de los que llegamos al yoga no estemos buscando solo una forma de mantenernos en forma y flexibles. De alguna forma el yoga llega a nuestras vidas para ayudarnos en procesos más complicados, y nos acerca a personas que también están en ese camino.

A lo largo de estos meses he conocido historias de búsqueda, de crisis de valores, de enfermedades, de romper con todo sin saber muy bien desde dónde se va a empezar a construir otra vez.

Sé que estoy en el sitio correcto cada vez que siento que somos muchos los que necesitamos algo más. Sé que estoy en el sitio correcto cada vez que siento que puedo ser yo. O lo que crea en este momento que soy yo.

Y me siento infinitamente agradecida de que estos lugares existan, porque en un mundo cada vez más individual, la respuesta está en la comunidad.

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